Las niñas

Podría acostumbrarme a las noches de luna de alambre,
a las horas de cuadro en las hojas,
a las vidas hacinadas en el rincón de la cocina
y al búho que no sabe, que no canta, que no pasa.
Podría acostumbrarme a conocer lo conocido,
a empezar a mirar con ojos de gigante enamorado,
a rozar las pieles de los vendavales más hermosos,
aquellos que descarnan margaritas y ciudades.
Podría acostumbrarme a esta quemazón acompasada,
al agudo, al círculo, al color de las tejas como heridas encostradas,
a no andar sino por ríos, a no comer sino treguas urdidas a conciencia.
Podría acostumbrarme al frío extraño del gato,
a la palmera que nos devuelve el saludo pero no espera,
a la nueva fruta ebria de esperanza y nombres nuevos,
de esperanza y sombras ciegas,
de esperanza y el abrazo de una hermana,
de dos
crías de la encrucijada más aguda,
de tres
crías de la infancia rebelada.
Podría, podría acostumbrarme a ello.
A este sueño de dos noches infinitas,
a este otoño raro de meteoros y cometas,
mientras toquéis mi pelo, mientras sintáis mis uñas
arañando el espejo deforme que no nos deja ser niñas.

Venid, venid conmigo.
Gracias por venir.
Decidle al humo que podemos ser libres.
Que ayer fuimos fieras y ratones.
Que mañana seremos sangre y saliva.

Que hoy somos nosotras

y está bien.

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Una tarde

Si Lorca me viera coger su poesía.
Si me viera pisando su Granada
y buscando su rostro por las calles.
Si Lorca me viera
tan perdida
tan extraña
tan
casi triste
queriendo ser una línea de luz desconocida.
Si Lorca me viera.
Si me viera conjurar a los cobardes
y al mismo tiempo escribir con osadía,
me tomaría en sus brazos como a una niña
y cantaría: “pequeña, pequeña tonta,
ya es otoño,
ve tras ella”.

Cinco

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Todos los días
quisiera ser otra
constantemente
otra.
Mirarme en el espejo y ser
otra.
Después de los años
después de creer
que ya era yo en mí
feliz en mí
profunda en mí
amándome a mí misma…
Después del engaño del tiempo
de la farsa de las noches
de esta cruel mentira de la confianza
quisiera ser otra.

Culpar también a otros
de querer ser otra
no culparme a mí únicamente
por odiar mi cuerpo, mis ojos, mi boca
ni la voz que da vida al horrible pensamiento.

Odiar solo al mundo
y no a mí en el mundo.
Odiar el querer ser otra
y no a mí siendo esta.

Quisiera ser otra
Cada segundo de mi sangre
ser otra.
Pero en verdad
En verdad…
quisiera ser nada más que yo
mis cinco letras exactas
el cuerpo que es
la boca que es
la voz y el pensamiento
y los ojos oscuros
mirando sin más el espacio que ocupo
sin dolor provocado.

Querido viejo amigo, quería decirte…

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A menudo suelo pensar que mis lágrimas valen lo mismo que un saco de barro,
aunque lo cierto es que pesan como un saco de piedras.

Creía que no te necesitaba.
Ingenua de mí.
Te echo de menos en los momentos
en los que solo quiero dejar de respirar.
Te odio
por no haber estado
cuando solo quería dejar de respirar.

No sé qué estoy haciendo.
Ni siquiera puedo terminar de escribir esto.
Hoy el mundo pesa como una manta de plomo.
Hoy la vida me ahoga.
Nunca pensé que volvería a escribir en una de esas noches.
En realidad miento, me miento,
siempre me he mentido.
Siempre supe que nunca acabarían esas noches.
Pero acostumbro a camuflar la verdad con el día a día
mentiroso del resto.

Ese en el que se puede ser feliz
con veinte años;
ese en el que hay que pensar
que todo se puede
y entonces todo viene,
y ya no hay muerte,
no hay frío
ni enfermedad.

Ese día a día que no pesa,
que yo envidio.
Ese en el que te tengo,
a ti y a ella,
y a ellas
y a todos ellos.
Ese en el que el futuro no escuece
más que las rodillas raspadas en el patio del recreo.
Ese en el que no veo marcharse todo lo que amo
entre la niebla de unos sueños imposibles
que no hacen otra cosa sino darme sueño
para poder soportar la carga de las noches.

Ese día a día en el que no hay náufragos ni guerras;
ni poetas consumidos por su obra insuficiente;
ni pintores atormentados por no haber sabido elegir
el camino correcto cuando estaban a tiempo;
ni mujeres anuladas por la sociedad y agonizantes
de impotencia, rabia y pena,
relegadas
al valor de su cuerpo, que ya no es su cuerpo,
nunca fue suyo;
ni niños que crecen de golpe
cuando ven, con siete años,
a su madre caer por las escaleras
con una botella de whisky rodando vacía;
ni abuelos que despiertan
antes de morir
para ver que no han vivido suficiente;
ni jóvenes que viven un infierno en su familia;
ni jóvenes que ven la vida “demasiado negativa”
y “no es buena esa actitud”,
“tienes que cambiar”
“todos sufren, todos lloran,
todos sienten lo que tú”;
ni jóvenes que dicen adiós desde la azotea,
besan una soga antes de abrazarla;
…ni jóvenes que no saben qué hacer
porque oyen esto y no sirve,
y luego “pobre, era un buen chico”,
“parecía una muchacha alegre”;
… ni jóvenes que no saben qué hacer
porque nadie los comprende,
nadie lo intenta,
nadie los ayuda…;
ni personas,
-que somos personas-
ni personas que se quieren
y son hombres y hombres,
y mujeres y mujeres
o ninguno de los dos
y se les mata…
porque se decide, siempre se decide,
se decide desde fuera,
son otros los que deciden
que su amor vale menos que el del resto,
que su amor no es amor porque lo dice
un libro por el que matan “personas” cuyo amor,
irónicamente,
sí es valido.

Y solo importas con un cheque en el bolsillo
y al cabo nada importa porque todos se habrán ido,
y tú,
llorando hasta llenar bolsas de barro,
te consumes sola en una habitación
por saberte sola para siempre y saber que
siempre
habrá una de esas noches tras la puerta,
silenciosa y gentil como un desmayo…

Creí que no te necesitaba.
Creí que daba igual…
con todo esto.
Habiendo nacido en un mundo en el que pides por favor
-y ojalá con suerte-
ser aquella persona que lanza la piedra y la hace rebotar
en lugar de ser aquella que se ahoga atándose la piedra a los zapatos.

Creí que ya no me hacía falta
nada ni nadie…
Y solo soy la idiota que no cree en lo eterno
y en las tardes de dolor solo necesita
que alguien le diga que se queda para siempre.

Hoy he salido a la calle
borrando la mentira,
desnuda de pies a cabeza,
de papel a tinta;
con la realidad llenándome los ojos
sin cerrar los párpados ante tanta tristeza…

Hoy he salido a la calle
con mis botas negras,
mi música que es llanto
y a la vez achica agua de esta barca.

Hoy he salido a la calle,
he pisado el asfalto
como quien pisa la piedra de su lápida,
o un campo de hojas en otoño,
o las calles de las ciudades a las que ya no volverá
y me ha venido un viento frío a la cara.

El primero de este año.

Por fin.
Me siento menos sola.

Por fin…

Cuando baja la marea

Escribí este poema con esta canción de fondo. Andrés Suárez tiene parte de culpa. La otra parte… una promesa perdida.

 

Tengo las manos manchadas de la arena
que nos sobró al construir castillos en el aire.

Tengo una sonrisa guardada
por si vuelves y volvemos a leernos.
Por si tú, el café y los libros.

Quizá las promesas no eran promesas
sino miedos posibles camuflados de mentira.
Quizá no supimos sostenernos las manos
lo suficiente o quizá cambiamos,
simplemente,
como cambia cualquiera que afirme estar vivo;
o quizá no,
quizá en el fondo seguimos siendo los mismos,
en otras ciudades,
con otra gente,
más solos, quién sabe,
o más felices, puede ser…
pero con una orilla compartida
en la que, cuando baja la marea
-cualquier caminante curioso lo sabe-,
aparecen pequeños tesoros mojados,
pintados de olvido y de sal…

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En frascos de cristal

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Vosotros, que sabéis tanto de la vida
y sonreís en todas vuestras fotos,
decidme qué estoy haciendo mal
para escribir esto con las manos
encharcadas, sordas, acariciando la sangre.

Decidme por qué la boca me sabe a olvido.
Por qué a miedo, a polvo, a sal…

Decidme por qué hace un segundo me ha dolido
tanto el pecho
que mis piernas me han abandonado
con los golpes, las palabras y los gritos.

Decidme.
Decidme por qué viene el frío…

Decidme qué debo hacer
para aplacar el llanto
que llega cada noche
cuando arrecia el silencio.
Para no escribir desde las sombras.
Para que cese esta soga invisible.
Para que deje de ahogarme
con sus yemas suaves.

Decidme,
vosotros que sabéis tanto de la vida,
que no necesitáis estrellas fugaces
ni deseos de Año Nuevo,
qué debo hacer para no aceptar que venga el sueño,
fácil y apacible,
en diminutos frascos de cristal
como pequeños suicidios…

El verdadero abrazo

J3NCi7zz

Estamos demasiado rotos.

Quizá nadie entienda nunca esto,
pero cuando dos lo hagan
y se encuentren,
se sentirán menos solos.
Quizá se abracen,
incluso,
desde donde se abrazan los que
se rinden,
los que están a punto de
rendirse
o creen que se rinden pero no,
los que se niegan a ello,
los que ya se han rendido…

Esos dos entenderán
que a lo mejor la canción debería haber sido,
en lugar de “trataré de curarte”:
“me quedaré contigo,
si me dejas,
hasta que te cures”.

“Te veré levantar las rodillas del suelo.
Te veré abrir los ojos
de nuevo.
Veré cómo luchas,
cómo gritas,
cómo te arañas el pecho hasta borrar el veneno.
Seré testigo de cómo vuelves a la vida.
De cómo, aun teniendo miedo a respirar,
sales a la calle con la mirada de quien ha visto demasiado
pero no tiene suficiente…”

16 de julio de 2016
Porque estamos demasiado rotos
pero no tenemos suficiente.