La Ciudad

Hemos vuelto a La Ciudad como cada año un 6 de agosto.
Hemos vuelto a La Ciudad
aunque ahora estemos cada una en otra tierra.
Tú, al calor del aislamiento, en mitad
de troncos bajos y caras
aceitunadas.
Yo, en mi desierto, mi mar,
mi Cabo, mi arena y mi nada.

Tenemos humedades distintas
batiendo las alas como una polilla ciega.
Tenemos colores distintos pero no tenemos
distinta voz.
Tampoco
distintos ojos.
Aun en la distancia
no tenemos distintos ojos.

Gracias al recuerdo, a los días de tregua,
a la bandera blanca de la Alhambra
y a su canción serpenteante.
Gracias a que estuvimos allí, amor,
como cada 6 de agosto,
sobrevivo.

No hay otro modo de aplacar la tristeza que no sea
tu imagen tibia sobre el puente,
tus dedos incesantes como una hilera de árboles,
los libros con dedicatorias que amarilleaban
y nos hacían reír y preguntarnos
cómo eran los amantes que escribían.

No hay otro modo que no sea
el parque, tus manos diminutas,
la pulsera azul, el banco de Bib-Rambla,
el payaso, el cachorro, el beso sorprendido.
El chico de la guitarra a los pies de la escalera
de la catedral…

Tremenda casualidad encontrarlo siempre
año tras año, en el mismo sitio,
tocando la misma canción
sin conocernos.

Difícil escribirte ahora sin oírlo al fondo de este cuarto.
Sin tu cuerpo robándome la almohada,
sin tus ojos robándome la luz.
Sin ti, al cabo.
Ahora sin ti.

Ojalá volver a La Ciudad de nuevo
ahora que nos hemos vuelto a despedir
y debemos estar contándonos historias
al otro lado de los sueños.

Ojalá volver y comprobar con la inocencia
de dos niñas deslumbradas
que allí el llanto son solo lágrimas de sol.
Que la luz nos apuñala atravesando la ventana
y los ruidos se camuflan porque nuestro ruido ensordece.

Ojalá, amor, ojalá
ser agua sobre sus tejados,
ser piedra y ser naranja
y ser
viento y moverme por sus calles.

Y volver a aquel primer poema,
a aquel primer agosto
y entender que ya entonces lo supe…

El amor era esa cosa pequeña y extraña.

Es cierto.
Quema la evidencia.
Aquel último verso.
Es cierto…
¿No te acuerdas? ¿No lo ves?
Lo dejé escrito en la pulpa misma del asfalto:

“Ahora sé que Granada tiene nombre de mujer”.

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Querido viejo amigo, quería decirte…

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A menudo suelo pensar que mis lágrimas valen lo mismo que un saco de barro,
aunque lo cierto es que pesan como un saco de piedras.

Creía que no te necesitaba.
Ingenua de mí.
Te echo de menos en los momentos
en los que solo quiero dejar de respirar.
Te odio
por no haber estado
cuando solo quería dejar de respirar.

No sé qué estoy haciendo.
Ni siquiera puedo terminar de escribir esto.
Hoy el mundo pesa como una manta de plomo.
Hoy la vida me ahoga.
Nunca pensé que volvería a escribir en una de esas noches.
En realidad miento, me miento,
siempre me he mentido.
Siempre supe que nunca acabarían esas noches.
Pero acostumbro a camuflar la verdad con el día a día
mentiroso del resto.

Ese en el que se puede ser feliz
con veinte años;
ese en el que hay que pensar
que todo se puede
y entonces todo viene,
y ya no hay muerte,
no hay frío
ni enfermedad.

Ese día a día que no pesa,
que yo envidio.
Ese en el que te tengo,
a ti y a ella,
y a ellas
y a todos ellos.
Ese en el que el futuro no escuece
más que las rodillas raspadas en el patio del recreo.
Ese en el que no veo marcharse todo lo que amo
entre la niebla de unos sueños imposibles
que no hacen otra cosa sino darme sueño
para poder soportar la carga de las noches.

Ese día a día en el que no hay náufragos ni guerras;
ni poetas consumidos por su obra insuficiente;
ni pintores atormentados por no haber sabido elegir
el camino correcto cuando estaban a tiempo;
ni mujeres anuladas por la sociedad y agonizantes
de impotencia, rabia y pena,
relegadas
al valor de su cuerpo, que ya no es su cuerpo,
nunca fue suyo;
ni niños que crecen de golpe
cuando ven, con siete años,
a su madre caer por las escaleras
con una botella de whisky rodando vacía;
ni abuelos que despiertan
antes de morir
para ver que no han vivido suficiente;
ni jóvenes que viven un infierno en su familia;
ni jóvenes que ven la vida “demasiado negativa”
y “no es buena esa actitud”,
“tienes que cambiar”
“todos sufren, todos lloran,
todos sienten lo que tú”;
ni jóvenes que dicen adiós desde la azotea,
besan una soga antes de abrazarla;
…ni jóvenes que no saben qué hacer
porque oyen esto y no sirve,
y luego “pobre, era un buen chico”,
“parecía una muchacha alegre”;
… ni jóvenes que no saben qué hacer
porque nadie los comprende,
nadie lo intenta,
nadie los ayuda…;
ni personas,
-que somos personas-
ni personas que se quieren
y son hombres y hombres,
y mujeres y mujeres
o ninguno de los dos
y se les mata…
porque se decide, siempre se decide,
se decide desde fuera,
son otros los que deciden
que su amor vale menos que el del resto,
que su amor no es amor porque lo dice
un libro por el que matan “personas” cuyo amor,
irónicamente,
sí es valido.

Y solo importas con un cheque en el bolsillo
y al cabo nada importa porque todos se habrán ido,
y tú,
llorando hasta llenar bolsas de barro,
te consumes sola en una habitación
por saberte sola para siempre y saber que
siempre
habrá una de esas noches tras la puerta,
silenciosa y gentil como un desmayo…

Creí que no te necesitaba.
Creí que daba igual…
con todo esto.
Habiendo nacido en un mundo en el que pides por favor
-y ojalá con suerte-
ser aquella persona que lanza la piedra y la hace rebotar
en lugar de ser aquella que se ahoga atándose la piedra a los zapatos.

Creí que ya no me hacía falta
nada ni nadie…
Y solo soy la idiota que no cree en lo eterno
y en las tardes de dolor solo necesita
que alguien le diga que se queda para siempre.

Hoy he salido a la calle
borrando la mentira,
desnuda de pies a cabeza,
de papel a tinta;
con la realidad llenándome los ojos
sin cerrar los párpados ante tanta tristeza…

Hoy he salido a la calle
con mis botas negras,
mi música que es llanto
y a la vez achica agua de esta barca.

Hoy he salido a la calle,
he pisado el asfalto
como quien pisa la piedra de su lápida,
o un campo de hojas en otoño,
o las calles de las ciudades a las que ya no volverá
y me ha venido un viento frío a la cara.

El primero de este año.

Por fin.
Me siento menos sola.

Por fin…

Cuando baja la marea

Escribí este poema con esta canción de fondo. Andrés Suárez tiene parte de culpa. La otra parte… una promesa perdida.

 

Tengo las manos manchadas de la arena
que nos sobró al construir castillos en el aire.

Tengo una sonrisa guardada
por si vuelves y volvemos a leernos.
Por si tú, el café y los libros.

Quizá las promesas no eran promesas
sino miedos posibles camuflados de mentira.
Quizá no supimos sostenernos las manos
lo suficiente o quizá cambiamos,
simplemente,
como cambia cualquiera que afirme estar vivo;
o quizá no,
quizá en el fondo seguimos siendo los mismos,
en otras ciudades,
con otra gente,
más solos, quién sabe,
o más felices, puede ser…
pero con una orilla compartida
en la que, cuando baja la marea
-cualquier caminante curioso lo sabe-,
aparecen pequeños tesoros mojados,
pintados de olvido y de sal…

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En frascos de cristal

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Vosotros, que sabéis tanto de la vida
y sonreís en todas vuestras fotos,
decidme qué estoy haciendo mal
para escribir esto con las manos
encharcadas, sordas, acariciando la sangre.

Decidme por qué la boca me sabe a olvido.
Por qué a miedo, a polvo, a sal…

Decidme por qué hace un segundo me ha dolido
tanto el pecho
que mis piernas me han abandonado
con los golpes, las palabras y los gritos.

Decidme.
Decidme por qué viene el frío…

Decidme qué debo hacer
para aplacar el llanto
que llega cada noche
cuando arrecia el silencio.
Para no escribir desde las sombras.
Para que cese esta soga invisible.
Para que deje de ahogarme
con sus yemas suaves.

Decidme,
vosotros que sabéis tanto de la vida,
que no necesitáis estrellas fugaces
ni deseos de Año Nuevo,
qué debo hacer para no aceptar que venga el sueño,
fácil y apacible,
en diminutos frascos de cristal
como pequeños suicidios…

El verdadero abrazo

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Estamos demasiado rotos.

Quizá nadie entienda nunca esto,
pero cuando dos lo hagan
y se encuentren,
se sentirán menos solos.
Quizá se abracen,
incluso,
desde donde se abrazan los que
se rinden,
los que están a punto de
rendirse
o creen que se rinden pero no,
los que se niegan a ello,
los que ya se han rendido…

Esos dos entenderán
que a lo mejor la canción debería haber sido,
en lugar de “trataré de curarte”:
“me quedaré contigo,
si me dejas,
hasta que te cures”.

“Te veré levantar las rodillas del suelo.
Te veré abrir los ojos
de nuevo.
Veré cómo luchas,
cómo gritas,
cómo te arañas el pecho hasta borrar el veneno.
Seré testigo de cómo vuelves a la vida.
De cómo, aun teniendo miedo a respirar,
sales a la calle con la mirada de quien ha visto demasiado
pero no tiene suficiente…”

16 de julio de 2016
Porque estamos demasiado rotos
pero no tenemos suficiente.

Dos noches

Dos noches llorando no bastan para arreglar un cuerpo demasiado roto.
Dos noches de ojos rojos,
de palabras ausentes,
de música que es grito…

Dos noches, dos de esas noches no bastan
para recordarte cómo sonreías cuando tenías otras manos
apretando las tuyas.
No bastan para revivir todos esos años pasados,
todas esas tardes de café,
todas esas madrugadas tumbados en el suelo mirando las estrellas,
preguntándonos cómo sería el futuro
con los nervios y las ganas de quien cree en lo eterno y se equivoca.

Sus miradas.
Sus miradas me duelen como arpones.

Ya no están.

Fue mi culpa.
El adiós siempre fue mi culpa,
siempre es mi culpa.
El vacío también.

Los ojos queman.
Es agua que quema
aunque no cura.

Porque dos noches de llanto no hacen
sino dejarme, con suerte,
demasiado cansada y cerrar los ojos,
un momento,
para darme una tregua en esta eterna guerra
en la que mi peor -y única- enemiga
soy yo…

Ella

No estaba muy segura de si debía enseñar esto, y sigo sin estarlo, pero aquí está. Ella abre los ojos y no es capaz de creer en el amor. Ella quiere amar, quiere saber que podrá amar a alguien. Ella sigue caminando y no acepta los piropos. Ella no sabe. A ella le dicen “te […]