Querido viejo amigo, quería decirte…

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A menudo suelo pensar que mis lágrimas valen lo mismo que un saco de barro,
aunque lo cierto es que pesan como un saco de piedras.

Creía que no te necesitaba.
Ingenua de mí.
Te echo de menos en los momentos
en los que solo quiero dejar de respirar.
Te odio
por no haber estado
cuando solo quería dejar de respirar.

No sé qué estoy haciendo.
Ni siquiera puedo terminar de escribir esto.
Hoy el mundo pesa como una manta de plomo.
Hoy la vida me ahoga.
Nunca pensé que volvería a escribir en una de esas noches.
En realidad miento, me miento,
siempre me he mentido.
Siempre supe que nunca acabarían esas noches.
Pero acostumbro a camuflar la verdad con el día a día
mentiroso del resto.

Ese en el que se puede ser feliz
con veinte años;
ese en el que hay que pensar
que todo se puede
y entonces todo viene,
y ya no hay muerte,
no hay frío
ni enfermedad.

Ese día a día que no pesa,
que yo envidio.
Ese en el que te tengo,
a ti y a ella,
y a ellas
y a todos ellos.
Ese en el que el futuro no escuece
más que las rodillas raspadas en el patio del recreo.
Ese en el que no veo marcharse todo lo que amo
entre la niebla de unos sueños imposibles
que no hacen otra cosa sino darme sueño
para poder soportar la carga de las noches.

Ese día a día en el que no hay náufragos ni guerras;
ni poetas consumidos por su obra insuficiente;
ni pintores atormentados por no haber sabido elegir
el camino correcto cuando estaban a tiempo;
ni mujeres anuladas por la sociedad y agonizantes
de impotencia, rabia y pena,
relegadas
al valor de su cuerpo, que ya no es su cuerpo,
nunca fue suyo;
ni niños que crecen de golpe
cuando ven, con siete años,
a su madre caer por las escaleras
con una botella de whisky rodando vacía;
ni abuelos que despiertan
antes de morir
para ver que no han vivido suficiente;
ni jóvenes que viven un infierno en su familia;
ni jóvenes que ven la vida “demasiado negativa”
y “no es buena esa actitud”,
“tienes que cambiar”
“todos sufren, todos lloran,
todos sienten lo que tú”;
ni jóvenes que dicen adiós desde la azotea,
besan una soga antes de abrazarla;
…ni jóvenes que no saben qué hacer
porque oyen esto y no sirve,
y luego “pobre, era un buen chico”,
“parecía una muchacha alegre”;
… ni jóvenes que no saben qué hacer
porque nadie los comprende,
nadie lo intenta,
nadie los ayuda…;
ni personas,
-que somos personas-
ni personas que se quieren
y son hombres y hombres,
y mujeres y mujeres
o ninguno de los dos
y se les mata…
porque se decide, siempre se decide,
se decide desde fuera,
son otros los que deciden
que su amor vale menos que el del resto,
que su amor no es amor porque lo dice
un libro por el que matan “personas” cuyo amor,
irónicamente,
sí es valido.

Y solo importas con un cheque en el bolsillo
y al cabo nada importa porque todos se habrán ido,
y tú,
llorando hasta llenar bolsas de barro,
te consumes sola en una habitación
por saberte sola para siempre y saber que
siempre
habrá una de esas noches tras la puerta,
silenciosa y gentil como un desmayo…

Creí que no te necesitaba.
Creí que daba igual…
con todo esto.
Habiendo nacido en un mundo en el que pides por favor
-y ojalá con suerte-
ser aquella persona que lanza la piedra y la hace rebotar
en lugar de ser aquella que se ahoga atándose la piedra a los zapatos.

Creí que ya no me hacía falta
nada ni nadie…
Y solo soy la idiota que no cree en lo eterno
y en las tardes de dolor solo necesita
que alguien le diga que se queda para siempre.

Hoy he salido a la calle
borrando la mentira,
desnuda de pies a cabeza,
de papel a tinta;
con la realidad llenándome los ojos
sin cerrar los párpados ante tanta tristeza…

Hoy he salido a la calle
con mis botas negras,
mi música que es llanto
y a la vez achica agua de esta barca.

Hoy he salido a la calle,
he pisado el asfalto
como quien pisa la piedra de su lápida,
o un campo de hojas en otoño,
o las calles de las ciudades a las que ya no volverá
y me ha venido un viento frío a la cara.

El primero de este año.

Por fin.
Me siento menos sola.

Por fin…

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